En el centro de los deseos imposibles,
quizás,
tu rostro imaginado, en otra vida
que pudiéramos empezar ahora, aquí
(¿dónde esos tiempos y lugares sin principio
ni ubicación, nebulosos paraísos
del sueño presto a ser cuerpo de fugaz
contorno indefinido?…).
En el centro también de los suelos reales
que sustentan nuestro peso,
huérfano de ingravidez donde retener
tu mano por un instante y visitar
tu cuerpo en caricia permanente
y sólida,
como la carne de la ilusión
que se desvanece
para permanecer, enhiesta y delicada,
en el roce de las bocas que se buscan
y los dedos que se enlazan…
Erizado de ti el vello de mi cuerpo,
y la pulsión del sexo que te sueña,
tendida a la espera de un roce
transformado en abrazo a la distancia.
Te sueño y te recorro
con labios ávidos y la certeza
de otros mundos en los que sorber tu esencia
de soledad
al resbalar sobre tus pechos,
y mi lengua que vibra,
enroscada entre tus muslos presentidos…
Mi poeta anónimo

























